El profeta Isaías (11, 6-9) anuncia la paz cuando el lobo y el cordero comen juntos y el niño puede meter la mano sin peligro en el agujero de la víbora. Las fotos de las Farc dándose la mano con soldados, las carpas en que duermen juntos insurgentes con militares y la joven guerrillera que marcha con el bebé en los brazos muestran el impresionante éxodo de seis mil subversivos hacia la entrega de las armas, que la televisión del mundo ofrece como algo extraordinario. En Colombia, muchos celebramos este éxodo como la caminata desde la incredulidad hacia la confianza; mientras hay quienes lo rechazan como golpe al honor militar y peregrinación hacia la impunidad.

Todos y todas estamos de camino en la vida, como individuos, familias y comunidades hacia la posibilidad de vivir más plenamente nuestra dignidad en la casa común de la Tierra. Trasegamos esta senda con nuestros límites, aciertos y fallas, siempre en disyuntivas entre decisiones que nos hacen crecer como seres humanos y decisiones que nos rebajan y nos desbaratan. No somos totalmente consistentes en nuestras decisiones y no podemos pretender que los demás lo sean. Lo que sí podemos hacer es favorecer las opciones que ayudan a avanzar, como es el caso de las Farc cuando asumen todo riesgo atravesando montañas para llegar a ser ciudadanos.

Todas las guerras elevan la probabilidad de que en un pueblo se multipliquen las decisiones inconsistentes que lo afectan negativamente. Esto se da en todas partes, independientemente de las religiones, las ideologías, las instituciones o el género. Para una muestra reciente, los monjes del budismo pacifista en Birmania que dirigen la violencia salvaje contra la minoría rohinyá. Y entre nosotros, las decisiones degradantes de miles de secuestros y minas antipersonas de la guerrilla, yendo de la mano con más de 1.300 masacres salvajes contra la sociedad civil de paramilitares apoyados en las decisiones de empresarios privados que entregaron billones de pesos a las Auc.

Hoy estamos viviendo la salida como nación hacia la liberación del conflicto armado. Pero la guerra, que daña todo lo que toca, y más cuando está mezclada de mafia y corrupción, nos incapacitó para mirar serenamente la barbarie de donde venimos. Y manejados todavía por los instintos del conflicto, nos enfurecemos contra las inconsistencias y brutalidades de los otros sin poder ver las nuestras, mientras somos ciegos para mirar y menos para reconocer y valorar la audacia de quienes muestran con actos que están en la superación de lo que nos estaba destruyendo.

Afortunadamente, el fin del conflicto armado ha hecho crecer la pasión por la verdad. Deberíamos ayudarnos para que queden en claro todas nuestras inconsistencias, que se evidencian en corrupción, falsedades, robos, crímenes, abusos, exclusiones, complicidades, silencios e indiferencia; y se encarnan en instituciones que defendemos como perfectas e intocables. Cuando nuestra justicia es muchas veces politizada e injusta; nuestro Congreso, asambleas departamentales y concejos, un peligro para el bien común, y nuestro sistema electoral, un receptáculo de todas las trampas.

En lugar de destruirnos entre todos señalándonos y condenándonos, deberíamos ponernos en una actitud sincera de reconstruirnos en una democracia participativa que nos lleve a mayor consistencia personal y colectiva. Que llegue toda la verdad y se haga justicia y se emprendan los cambios que nos permitan avanzar, pero no para acrecentar los odios y los señalamientos, ni para tapar lo malo de todos los lados y callarnos ni para tapar lo bueno, de donde venga. Y siempre para impulsar con entusiasmo las cosas grandes que nos ayuden a crecer como individuos y como sociedad.

Francisco de Roux

Publicado originalmente en: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/el-exodo-hacia-la-confianza/16820693