El próximo domingo, 17 de junio, los Colombianos elegiremos nuestro nuevo presidente y, junto con él, la nueva política de nuestro país.

“Las implicaciones para el desarrollo y la paz son inmensas”, dice nuestro columnista, Sergio Guarín, el director de posconflicto en la Fundación Ideas para la Paz (FIP), una entidad de apoyo de la Redprodepaz.

En momentos de tensión política y de incertidumbre sobre el futuro conviene recordar algunas ideas fundamentales sobre la paz y el desarrollo.

La primera es que la paz es un proceso de cambio social y que, precisamente por ello, supone una agenda de transformación que se ubica en el mediano y largo plazo.

La paz no es un asunto cosmético. Las violencias recurrentes y con capacidad de adaptación son el resultado de condiciones de tipo estructural. De reglas de juego que determinan los resultados en los planos socio económico, político y cultural.

Las millones víctimas del conflicto armado en Colombia son la prueba más clara de que esta violencia nuestra no es tanto el resultado de las decisiones de un puñado de señores de la guerra, sino de una serie de condiciones que fomentan la exclusión y que legitiman la eliminación física de los contradictores políticos.

Esa es la distinción entre hacer las paces y construir la paz. Mientras lo primero implica generar cambios en las manifestaciones de la violencia, lo segundo invita a revisar las estructuras profundas que la hacen posible. Estamos hablando del sentido que tiene el desarrollo.

Cuando el modo en que nos desarrollamos responde a un proyecto impuesto, que limita el goce del bienestar para segmentos importantes de la población, la violencia es un resultado probable. Por el contrario, si el desarrollo es la expresión de un acuerdo colectivo, la materialización de la vida querida de los pobladores, se construirá una base suficiente para tramitar los conflictos de manera no violenta.

Esta claridad le da perspectiva al actual debate electoral y nos permite comprender la decisión del domingo en el contexto de un proceso largo de construcción de nación.

Las dudas se ciernen sobre la implementación del acuerdo de paz. A la dinámica irregular que han tenido los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial, se suman los errores en la sustitución de los cultivos ilícitos, el incumplimiento del Congreso al no aprobar las circunscripciones de paz y el lento despegue de la agenda de desarrollo rural.
El acuerdo salió de la mesa de conversación y fue deglutido por un sistema político e institucional lleno de dudas y fisuras. Los terceros lograron salvar su compromiso con la JEP y la comisión de la verdad arranca en medio del recelo de importantes sectores de la sociedad.

El peor enemigo de la implementación es un Estado incapaz, que, paradójicamente, hizo posible un pacto que le resultaba imposible de cumplir. En este marco, sería deseable contar con la conducción de un presidente dispuesto a tomar las difíciles decisiones que requiere la paz y consciente de su labor en la historia.

Pero la paz no depende de eventualidades. El camino puede empinarse y los retos agudizarse, pero el lento trasegar de una nación que busca sus respuestas se juega más en la convicción territorial, en la imaginación creativa y en la capacidad de desatar consensos sobre los nudos del desarrollo. Y eso es lo que los PDP mejor saben hacer.